Viernes 22 de septiembre del 2017

Nombre: 

Cristina Bermejo

Localización: 

Porto Novo, Benín

Año: 

2012

Un pequeño país situado en el golfo de Guinea con unos 9 millones de personas, una tasa de alfabetización del 33%, una economía básicamente de subsistencia, una esperanza de vida de 57 años y el 74% de la población en situación de pobreza. Es el perfil de uno de los países de África más desconocidos: Benín. Benín no sale en los periódicos ni exporta sus miserias. En Benín no hay conflictos bélicos, no hay petróleo, ni oro ni diamantes, quizás de ahí viene su desconocimiento, el hecho de no tener nada de esto no llama su atención ni su interés, lo cual es garantía de que cristianos, musulmanes y animistas puedan vivir en paz y tranquilidad. 


Pero hay cosas sobre Benín que no deberían ser desconocidas. Debería conocerse que es el país africano con más tráfico infantil y la explotación está por todas partes. Aunque hace ya años que se abolió la esclavitud en África, Benín sigue siendo un país lleno de esclavos, la mayoría de ellos, niños.  


Cuando llegas a África, tienes un montón de ideas en tu cabeza sin saber realmente qué es lo que te vas a encontrar. En mi caso fue un país lleno de alegría, lleno de fuerza, de música, de vida, sorprenden los colores. Los tópicos de África también están ahí: hambre, pobreza, miseria, claro que existen pero me llamó la atención la alegría de los benineses, su ilusión por la vida, las sonrisas, el contacto con la gente, los saludos afectuosos, la hospitalidad infinita. Benín despierta todos tus sentidos y sin lugar a dudas engancha.  


No es lo mismo escuchar hablar de los niños traficados o explotados en las canteras de Nigeria, que ver esa realidad con tus propios ojos. El mejor modo de conocer esa realidad es estar en ella, el impacto y el aprendizaje son mucho mayores. Es tan cierto que lo que tú das es mínimo en comparación con lo que recibes, en lecciones de fuerza, de coraje, de valentía, de dignidad, mientras que en este lado del mundo predominan las caras lánguidas a menudo por cosas insignificantes, los benineses aceptan la vida tal y como se presenta sin protestar demasiado. Así es Benín, una sonrisa en medio de un mundo lleno de pobreza y una constante lucha por la supervivencia.  
En mi caso, en los 12 meses que estuve como voluntaria en el Foyer Don Bosco de Porto Novo, capital de Benín, trabajé en la oficina de proyectos de cooperación. La jornada allí empieza muy temprano, a las cinco y media de cada mañana la casa ya se llena de alegría, voces y risas de los niños, y ese sonido tan característico de las escobas y la famosa carretilla que nos despertaba casi cada día.  


El Centro Magone, donde vivimos los voluntarios, acoge a más de 60 chicos de entre 8 y 23 años en situación de vulnerabilidad, muchos de ellos han sido vendidos por sus padres, explotados doméstica, económica y sexualmente, otros son chicos en conflicto con la justicia y la mayoría de ellos ha vivido en la calle. Son muchas las causas: la pobreza, la desestructuración familiar, la poligamia, los malos tratos…


Los Salesianos llevan más de 15 años trabajando en Benín con estos chavales, el trabajo empieza con la escucha y orientación que tiene lugar en las barracas de los mercados, la protección y acogida de los chavales en las casas de acogida que tienen en Porto-Novo y su formación bien en la escuela formal, la escuela alternativa,  en talleres de formación artesanal o en la granja de Sakété. El objetivo último es la reinserción de los chicos, en sus familias, en los casos que sea posible y/o en la sociedad.
Llama la atención cómo estos chavales con pasados demoledores te dan lecciones cada día. Tienen unas ganas de aprender increíbles y unas habilidades sorprendentes, pequeños artistas que en un momento son capaces de preparar obras de teatro, danzas, etc. Lo mejor de este año en Benín ha sido conocerles, convivir con ellos, escucharles, reír juntos, conocer su realidad… Tan pequeños y con una madurez fascinante. Si se les da las herramientas, ellos salen adelante. Cada día ves los resultados, cómo llegan algunos chavales y ver su evolución, cómo van pasando etapas, es eso lo más bonito del proyecto.


Pero no son todos momentos bonitos, en mi caso no faltaron los momentos de tristeza e incluso de indignación. Es una realidad dura, la pobreza duele, la corrupción absoluta, ver la falta de medios, de oportunidades y ver todo lo que pueden conseguir cuando tienen las herramientas, las oportunidades, todo eso que nosotros tenemos aquí y a veces ni nos damos cuenta.


Momentos de tristeza como el vivido cuando perdimos a Álvaro, fallecido en Benín, compañero de voluntariado y de aventuras, que entre los chicos del Foyer Don Bosco encontró el sentido de su vida, como tantas veces nos dijo, y donde fue realmente feliz.


Tras los momentos malos y los buenos, decir que mi experiencia en Benín ha sido muy enriquecedora y positiva. De allí traje momentos y recuerdos que ya siempre me acompañarán. Definitivamente Benín deja huella y muy profunda.

 

 

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