Jueves 23 de noviembre del 2017

Nombre: 

Alba Duchemin

Localización: 

Ebolowa, Camerún

Año: 

2016

“No podemos hacer grandes cosas, pero sí cosas pequeñas con un gran amor”, esta frase de Madre Teresa de Calcuta me recuerda que cuando uno parte a vivir una experiencia de voluntariado no va con la idea de hacer grandes cosas sino de dar todo su amor. Y así sucede, en mi caso me he dejado un cachito de corazón en la casa salesiana de Ebolowa, capital del sur de Camerún, donde padres, hermanos, animadores, profesores, estudiantes y jóvenes del barrio han transformado lo sencillo del día a día en algo extraordinario.

Un sábado 20 de febrero aterricé en el aeropuerto de la capital, Yaundé, acogida por el padre Emile, el cual fue durante los 5 meses de mi estancia un verdadero padre espiritual. Este tiempo lo viví en el Instituto Técnico Don Bosco (ITDB), donde se agrupan diversas presencias: la comunidad salesiana y el prenoviciado, el instituto técnico con clases desde secundaria hasta bachiller junto a la  formación profesional, el internado masculino para estudiantes del instituto, el centro de emisión de la radio RCDM, y el centro de jóvenes con sus actividades pastorales. Por ello tuve la suerte de realizar y participar en diversas actividades, como impartir clases de religión, ayudar con la asistencia del internado y los momentos de estudio dirigido, desarrollar actividades que fomenten la participación en la biblioteca del centro, colaborar en las emisiones de radio semanales correspondientes a los programas de tarde en español y vida de mujer, formar parte del equipo de animadores para participar tanto en sus actividades pastorales como en el acompañamiento de grupos, y otras muchas otras tareas de la vida cotidiana en la casa salesiana.

Mí día a día se regía por el horario de colegio y del internado, a pesar de que cada día es distinto, amanecemos a las 5:30 con la meditación y eucaristía que forman parte del horario de la comunidad religiosa, seguido del desayuno. Motivada por el encuentro con mucha buena gente me levantaba cada mañana con fuerza para desarrollar la jornada, la cual compartiría con la comunidad salesiana de la casa: el padre Pierre Celestin, el padre Rigobert, el padre Germain, el hermano David, el hermano Pierre Claver y el hermano Arnold, junto a los prenovicios Cristhian, Patrick, Prince, Pascal y Richard, a decir verdad me ha agradado estar en comunidad para poder interiorizar la necesidad de una vida compartida y en comunión.

 

 

Podría decir que he ayudado mucho, pero en realidad yo no hacía nada en especial ni daba una asistencia primordial al proyecto, sino que ellos me ayudaban a mí, abriéndome  los ojos y el corazón a una nueva realidad y cultura que ha marcado mi proceso de maduración personal. He podido trabajar la tolerancia, la prudencia, la paciencia, la disponibilidad, la humildad y la gratuidad. He descubierto que estando en tierras desconocidas se debe observar constantemente antes de actuar, tratar de comprender y asimilar lo que se ve, no imponer lo propio. He aprendido que amar la cultura de los demás es un signo de respeto a las personas, amar su ropa, su comida, su música y demostrarles que valoras lo que para ellos es importante. Así recibes su gratitud en cada gesto o detalle que tienen contigo en lo más humilde de sus regalos o  palabras, para mí el simple hecho de hacerme un sitio preferente entre ellos durante estos meses es suficiente para saber lo agradecidos que están y sentirme desbordada de felicidad. Creo que analizando todo esto puedo afirmar que no he desaprovechado la oportunidad que me ha brindado la ONGD Jóvenes y Desarrollo, la casa salesiana de Atocha y mi familia.


Si tengo que resumir lo vivido en una palabra seria PRESENCIA. Lo que más me ha enriquecido y el que fue el objetivo o misión  principal en mi experiencia es el ESTAR

pasar tiempo con la persona. La importancia de saludar, charlar, escuchar, compartir… es lo tremendamente sencillo del ser humano que nos llena de vida y enciende la llama del voluntario día a día. Hemos olvidado que lo más importante para vivir, no son los bienes, el dinero, o el poder, sino las personas que nos rodean. Cada persona es un regalo de Dios con sus dones e imperfecciones, por ello hay que amar y respetar a todo el mundo sin importar la cultura, religión o nacionalidad. He aprendido, es más he podido sentir, que la piel es lo de menos, lo importante está en el interior, los ojos de nuestro corazón saben darle la vuelta al calcetín y hacernos sentir como iguales cuando estamos unos en frente a otros trabajando juntos.

Por ello me gustaría animar a la gente que sienta la llamada del voluntariado a embarcarse en  la aventura, es una experiencia única y personal, no hay que tener miedo, no es tan duro como se imagina, no es más difícil que dejar las comodidades a un lado abriendo bien los sentidos, la mente y el corazón. Tienes que responder para descubrir cómo puede hacerte mejor persona, mejor ciudadana, solo se pueden sacar cosas positivas ya sea ahora o con el tiempo madurando las cosas y echando la vista atrás. Ya no es por ti mismo si no por todas las personas que te rodean y pueden enriquecerse de esta experiencia, hoy o tal vez mañana, para crear un futuro mejor hay que aprender a ser, ya no solo habitantes de la tierra, sino hermanos del mundo.

 

 

 

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